¡Nos mudamos!

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Ítaca, Kavafis

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Volver a Ítaca, a casa. Volver a un lugar en el que sentirse segura y libre. Un lugar junto al fuego, al hogar. Ese era el destino; el anhelo que me ha acompañado toda la vida. Permanecía en mí la idea de que ‘algo’ iba a ocurrir que me permitiera, por fin, llegar a puerto.

Siempre he convivido con esa sensación de búsqueda que me ha llevado a un viaje que se ha prolongado demasiado en el tiempo y que se ha ido jalonando de contratiempos e islas pérdidas. Una búsqueda fuera, un largo vagabundeo.

Cuando inicié vagabunda del dharma no sabía cuál era el puerto; sí sabía, sin embargo, que estaba en un proceso de búsqueda. El viaje ha sido largo y ha estado lleno de experiencias, pero, por fin hemos llegado a casa. Después de mucho peregrinaje, merodeo y búsqueda.

La exploración, sin embargo, aunque larga, no ha sido en balde. Me he encontrado con los lestrigones y con Poseidón, porque los llevaba dentro del alma. He atravesado miedos y heridas. He aprendido quién no soy, vistiéndome de lo que no era. He surcado muchos mares. Quizá más de los necesarios.

La promesa era la de volver a casa, pero ya estaba en ella. La habito desde que salí en busca de Ítaca.  En cada envestida que me ha dado la vida (que no da puntada sin hilo), volvía a mí. Volvía a lamerme las heridas, volvía a reprogramar el gps. Volvía. Y ha sido en esas vueltas continuas, cuando he empezado a encontrarme. Empecé a conocerme. A conocernos. A todas, a nosotras. Empecé a acallar otras voces que no eran las mías y a confiar más en la vieja sabía que habita en mis entrañas.

Empecé a cuidarme y quererme. A demoler los muros que no permitían acceder a las partes más heridas de mi alma. Empecé a bucearme y a remendarme. A intuir, cada día con más fuerza, qué soy.

La búsqueda continúa. Lo hará mientras siga respirando, y, sin embargo, ya estoy en casa. El cuerpo que habito, la mujer que soy, son mi morada. Mi casa y mi templo. Mi hogar. El lugar en el que reposar. Ese sitio en el que me siento, cada vez más, libre y segura. Reconfortada. Un sitio en el que siempre permanece encendido el fuego del hogar. Por eso, me mudo. Atracada ya en puerto, he decidido habitar cada rincón de mi alma. Con su luz y su oscuridad. Con su fuerza y su parte más vulnerable.

A la vagabunda solo me queda darle las gracias. Su camino me ha traído al lugar que habito ahora. Qué descanses, linda. El camino ha sido largo.

A partir del día 14, día de las enamoradas, nos mudamos. Ya no estaré en www.vagabundadeldharma.com, sino que moraré en www.lamujerquehabito.com.

Se admiten visitas. Eso sí, llamen antes de entrar.

 

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