Fui a los bosques…

Entro en el bosque como quien entra en un templo. En vez de dos imponentes columnas, atravieso dos robustos árboles cuya encomienda es custodiar la entrada a la vida. Avanzo sobre el camino mientras cada paso me trae, con el sonido del caminar sobre la tierra, al instante presente. Se apacigua el alma a golpe de ramitas que crujen bajo mis pies. Lejos van quedando el ruido de los coches y el murmullo de la ciudad que entra, amortiguado por las hojas, hasta mis oídos. Cada vez más lejos. Cada vez más suave. Hasta que se apaga.

Mis pensamientos van bajando de revoluciones a medida que me adentro en el bosque. Con cada paso se acallan mis voces internas y emerge, a mis ojos, la vida. Empiezo a ver. A ver de verdad. Cada hoja que se desprende de un árbol, cada animal que agita un arbusto, cada pájaro que canta. Ocurre que mis sentidos se agudizan, como si fuera un súper héroe. Me abro al entorno y la vida me penetra por todos los sentidos. Se intensifica. Me atraviesa con toda su magnanimidad.

Siento el abrazo del bosque. Es un abrazo generoso y libre. Otorgado por la voluntad del propio bosque a quien entra. Es un abrazo del que mana el calor de la madre, la seguridad del padre. El abrazo mimoso de la corteza del árbol y de la honestidad del camino desnudo de  tierra.

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido».

Thoreau se entregó al bosque y a su cabaña. Yo sólo me adentro en él de vez en cuando. A veces cuando necesito calma.

Cuando dentro hay tormenta, hay que buscar fuera un lago tranquilo.

Me siento frente al mío. El mío que es el suyo. El de la vida que contiene. El de las burbujas que emergen a la superficie, los insectos sobrevuelan, los peces que te sorprenden. Un pato solitario que nada.

El lago tranquilo me apacigua. Dejo que entre y penetre por mi piel. Hay un trasvase de su agua a la mía. Se mimetizan los lagos: el de fuera y el mío, el interno.

Observo, callo y caigo.

Caigo al silencio y al fluir de la vida. Me rindo. Me abandono y el bosque me mece. Me dejo caer en el balanceo suave y rítmico de los árboles y de sus habitantes.

Vivimos tiempos extraños, compañeros. Tiempos de incertidumbre. Azotan el miedo y la desconfianza y se desdibuja el horizonte. Y en este momento en el que la vida nos exige que nos anclemos al presente más que nunca, yo he encontrado mi lago sereno.

Allí, sentada a la izquierda del roble, la pulsión de la vida te devuelve a un lugar en calma y tranquilo. A un lago en el que la fina capa de agua solo se rompe por el rielar del sol y el burbujeo de los peces que, ajenos a todo, siguen nadando en sus profundidades.

Os guardo los besos

Photo by Christophe #1 on Foter.com / CC BY-NC-ND

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No penséis que os vais a librar. No, no, no. No penséis que se van a perder en una suerte de limbo de besos y abrazos no dados. Ni de coña.

Me los estoy guardando todos en el corazón. Cada uno con su etiqueta pertinente. Pongo la fecha, la hora y el destinatario, ya sea de un beso o de un abrazo, y los guardo. Llevo ya unos días haciendo acopio de besos y abrazos. De todos los que os hubiera dado estos días y no puedo. Se quedan aquí, conmigo, a la espera de poder ser compartidos.

Sé que volveremos a abrazarnos, a besarnos y a tocarnos. Sé que volveremos a sentirnos en carne y beso. Es lo que más estoy echando de menos estos días: tocaros.

Os veo a través de las pantallas y os siento y, sin embargo, añoro teneros cerquita. Piel con piel. Ya os avanzo que los achuchones que os esperan a la vuelta de la esquina, van a ser tremendos.

En estos días raros que nos ha tocado vivir, compañer@s, en los que el futuro se ha vestido de incertidumbre y el presente nos contrapone con lo que somos, siento como emergen a borbotones la solidaridad y la empatía. Veo nítida esa red invisible que une nuestros balcones y nuestras ventanas y que los teje de una tela de amor entre todos: una red invisible que nos sostiene. Que siento que me sostiene. Así que, gracias.

Mientras bailo con el teclado mi vecino hace runnig en su casa y oigo como sus pisadas pasan por encima de mí cada 15 segundos. Son días raros, sí.

En esta introspección, marcada a golpe de decreto, aprovecho para abrazarme. Siendo sincera no hay mucha más opción que abrazarme a mí misma. Exceptuando mi gata, no hay mucho ser vivo alrededor. Pero me conozco, soy escapista por naturaleza, y podría también escaparme de la invitación a poner en orden los armarios (y no hablo de los de la cocina). No, hablo de aprovechar las circunstancias para dar un paseo por dentro y ver cómo están en las cosas.

Me invitan estos días a ver cómo tengo mi casa, cómo andan las entretelas de mi alma. Lo que sobra y toca soltar, lo que falta y toca construir. Aprovecho para ventilar el interior y para ver cómo me caigo. ¿Me caigo bien, mal o regular? No nos va a dar la vida muchas oportunidades, espero, como esta para hacer parada y reseteo.

Me abrazo a todo lo que soy. Lo intento. A esa parte más luminosa y bella, esa que os muestro. También a la parte más oscura, esa que os oculto; ese Darth Vader que todos tenemos dentro y al que cuesta más darle un abrazo. Normalmente es quien más lo necesita. La parta herida y rota.

Cuanto más me abrazo, más cerca me siento de vosotros y vosotras. Así que en estos días en los que estamos privados de besos y abrazos, yo me los doy a mí misma y cuanto más entro en mí a explorar la ternura que alberga mi pecho, más cerca os siento.

Así que, lo dicho, nos vemos dentro.

Vivir al 100%

Photo by Isidr☼ Cea on Foter.com / CC BY-NC-ND

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Me adentro con dulzura y suavidad en mi vulnerabilidad (no se puede entrar de otra manera). Exploro la textura de una parte de mí a la que no me había asomado y me dejo sorprender por la fragilidad del terreno. Camino por un lugar luminoso en el que el equilibrio es delicado; siento que si el viento sopla con fuerza, puede dar al traste con toda la estructura, se puede quebrar una vez más. Y ocurrirá.

No te puedo prometer que no nos volverá a doler. Mentiría. No te puedo prometer que no vayamos a volver a sentir dolor, ni decepción, ni que la vida no vaya a zarandearnos otra vez. Ójala pudiera, pero no puedo.

Frágil.

Observo tus heridas y remiendos, hechos con mayor o menor destreza. Y sí, corazón, tienes todo el derecho del mundo a replegarte, a no querer salir fuera, a cerrarte a cal y canto.

Lo reconozco, te he tenido metido en el fondo del cajón, como ese calcetín viejo que nunca eliges y se va quedando rezagado. Llamo a una puerta nunca abierta, y el miedo a que todo se resquebraje atenúa mis pasos y gestos, así que suavizo los movimientos  alejando  la posibilidad de entrar en la locura que me lleve a un mundo en el que las reglas que escribí ya no sirvan, en el que los parámetros son otros.

Levanto la vista y a mi alrededor sobrevuelan todos mis miedos. Estructuras de papel y algodón que vistas de cerca, no parecen tan terribles. Una tormenta de verano las barrería. Y, sin embargo, ahí están, y lo transforman todo en una travesía de cáscara de nuez en la que arriar las velas y esperar a que amaine, a veces, parece la única posibilidad.

Ahora, por lo menos, te veo. Antes no, ¿cómo cuidarte si no te sabía herida?

Me doto de una segunda piel: lo suficientemente robusta para darte protección y seguridad y los suficientemente permeable para que entre la vida.

Poco a poco, corazón. Tómate tu tiempo. Revisa el horizonte tras el umbral de la puerta, y cuando lo sientas, sal. Hasta ahora no he sabido hacerlo de otro modo. Hemos cerrado compuertas para que nadie entrara. Cerramos al dolor, pero también al placer, al gozo de la vida. A la vida en si misma.

Vivir a medias tintas es una opción legítima, más cuando una cree que estar en tiempos de guerra. No lo juzgo, lo he hecho lo mejor que he sabido. Y, sin embargo, me ronda ahora lo posibilidad de vivir al cien por cien. Vivir sin reservas, ni renuncias.

Dejarse atravesar, impregnar, bañar en todas las células.

Vivir al 100%

Otoñeando

 

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Me llama el otoño para dentro como si una mano que surge de mis entrañas me agarrase del pescuezo y tirara para abajo. Toca replegarse, señores y señoras. Toca volver a casa.

Dicen la luz artificial y los horarios de apertura del súper  y el reloj que nada ha cambiado respecto al verano. Dicen que el ritmo es el mismo, que no hay que bajar la guardia ni la intensidad. El paso que nos marcan, y que hemos hecho nuestro, se mantiene al mismo tempo. Tic tac, tic tac. Infinito y puntual.

Y, sin embargo, yo miro por la ventana y la vida languidece. Otoñean las plantas de mi terraza y los árboles del parque. Los verdes ahora son rojos y marrones. La vida se va consumiendo y se vuelve introspectiva.

Y yo también otoñeo. Quisiera hibernar y despertar en marzo. Me invade una textura de desaceleración y sueño. Me abraza la casa como si no me quisiera soltar y mi tempo tiene más que ver con la respiración de la siesta de mi gata en el sofá que con una marcha militar.

También me vuelvo más rojiza y marrón. Más tristona o nostálgica, si prefieren. Llega el frío y la lluvia, y es mejor que azoten al otro lado del cristal. Salir a la calle puede llegar a convertirse, a días, en toda una proeza.

Ya no replegamos como antes. Lo dicho, la luz eléctrica nos mantiene con los ojos abiertos hasta que a una le da la real gana de apagarla, pero el cuerpo pide tregua. O por lo menos el mío.

En algún momento nos desconectamos de los ciclos. En algún momento dejamos de fluir con el ritmo que marcan los bosques y los campos. La época de siembra y de cosecha. En algún momento dejamos el cambio de estaciones fuera del bullicio de la ciudad y le dimos la espalda para seguir viviendo a todo trapo. Y luego estamos agotados.

Dejar que el otoño le atraviese a una y volver a casa, se vuelve necesario estos días. El ciclo manda que toca retirase a los aposentos y hacerlo, además, en todos los sentidos.

Casear en plantuflas y ropa vieja. Detenerse. Parar. Hacerlo, para más inri, en una sociedad en la que ir a toda pastilla es aplaudido y valorado. Volver al hogar y también volver a la casa que alberga nuestra piel. Mirar para dentro y ver qué nos cuentan nuestras propias sombras. En mi la luz y las tinieblas.

Oscurece fuera; oscurece dentro y, si se sabe aprovechar esa suave inercia natural, una puede ver cómo está la casa: qué hay viejo que ya no sirve, qué no está en su sitio, qué falta y se anhela. Coger la suave ola que lleva hacia dentro para, siendo honesta, escucharme.

Yo ya he empezado a hacerme bicho-bola. Me recojo sobre mi misma como un calcetín doblado hacia dentro. Me miro el ombligo y sus lindezas y aprovecho para preguntarme qué quiero en mi vida, qué semilla plantaré este invierno para que florezca en primavera. 

A mí me apetece otoñear este año. Si alguien quiere probarlo que cierre los ojos y toque primero la textura de esta estación: la humedad que huele a tierra mojada, el viento que todavía no es del todo frío, la sensación de calidez al llegar a casa y quitarse las botas, la noche que cae con sigilo y cierra pronto todas las ventanas.

Llega el otoño y yo me repliego. Si me apuran, volvemos a vernos en primavera.

Retozando en la mierda

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El otro día me sorprendí retozando en la mierda. Bien pringada: desde la punta del dedo gordo del pie hasta el último cabello estaban impregnados de mierda. Porquería mental a la que le di alas y en la que me sumergí gustosamente al grito de ‘pobre de mí’.

Retocé un rato, no os creáis. Me hice un ovillito en el sofá, me cubrí con una manta y me sacudí afanosa y desbocadamente en mi mierda un ratico largo.

Estaba yo bailando con mis desgracias cuando me di cuenta de lo adictivo del retoce, de esa inercia que tenemos en ocasiones y por la que reproducimos en cadena pensamientos nocivos e hirientes reiterativos sin que nos lleven a nada. Al mero placer de hacernos daño.

Lo cierto es que cuando se está dentro es difícil salirse de la cadena. Una, que es dada a la nostalgia y al melodrama,tira para delante como si de una carrera se tratara y sin darse cuenta llega al momento de su muerte y se ve a si misma tirada en un catre apolillado, triste y sola.

Saltan todos los resortes y programaciones, los miedos, las culpas…en una suerte de amalgama de límites desdibujados de la que es difícil de apearse.

Cuando te has bajado en el andén de la desesperanza y abres los ojos resulta que no hay catre, ni polillas. Estás en el sofá de tu casa, con un montón de libros mirándote y esperando a ser devorados, varios whatsapps de gente a la que quieres y te quiere y tu gata mirándote mientras piensa ‘qué mosca le ha picado a esta’.

Con tiempo y ayuda te das cuenta de lo retorcido del tema y te preguntas por qué te haces tanto daño. El asunto da para una tesis doctoral y lleva años de enmarañe, pero quiero compartiros un par de nudos.

En mi caso detrás de la fusta hay una creencia como la catedral de Burgos que asegura que ‘nada es fácil’. Hay muchas modalidades: ‘la letra con sangre entra’, ‘la vida es difícil’, ‘las cosas cuestan’…etc. Al gusto del auto-torturado.

Todas esas frasecitas que nos han dicho de pequeñas y, que se nos han colado hasta el tuétano, nos condicionan mucho más de lo que pensamos y sentimos. Son como un resorte inconsciente que se enciende y nos hace virar el barco sin que sepamos si quiera por qué lo estamos haciendo. La consecuencia en mi caso es que si las cosas se ponen fáciles me pongo a hacer malabares como una loca para complicarlas. Si yo creo, consciente o inconscientemente, que las cosas son de una manera, removeré cielo y tierra para que así sean. Buena soy yo.

Otro nudo (que merece un capítulo aparte) es la dureza con la que me trato. Ese dedito acusador que nos sacaban cuando éramos pequeños y que acompañaba a la regañina, también campa a sus anchas por las células y capas epidérmicas de mi cuerpo. Es decir, si algo ‘malo’ me pasa en la vida es que no soy lo suficientemente buena para que me pase otra cosa. Algo he hecho mal. Tengo tara, de serie, así que me toca castigo.

Y no se trata de echar balones fuera. En la vida llega lo que toca transitar y, sin embargo, lo que toca tiene tantas interpretaciones como ojos lo miran. La misma realidad leída de otra manera puede ser, si me apuráis, un golpe de suerte o una desgracia.

Cambiar la mirada y cambiar lo que nos contamos de nosotros mismos, lo cambia todo.

Ahí lo dejo. Me voy al sofá a leer.

Si vienes…

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Si vienes, quiero que sepas, que nos hallarás a todas.

A la maga la encontrarás conjurando al viento, susurrando palabras que, trasformadas en mil colores, penetrarán en el corazón de las personas, en la savia de los árboles, en las raíces de las plantas.

Si vienes, has de saber, que encontrarás a la miedosa acurrucada en una esquinita, haciendo cábalas sobre el mundo y sus riesgos, sobre las posibilidades de resultar herida si emprende este o aquel camino.

Si llegas, he de decirte, que verás a la mujer que baila al mundo girando sobre ella misma con los brazos alzados al sol mientras es mecida por los cantos de los pájaros y los sonidos del bosque.

Verás también, si llegas, a la mujer forjada en mil batallas. Verás sus heridas y cicatrices. Su cara manchada de barro y su mano, aún, blandiendo una espada.

Si vienes, sería bonito que supieras, que encontrarás a la niña. Su cara de traviesa te mirará mientras se esconde tras una planta de tomates del huerto. A ratos, la niña también llora y necesita ser mecida para sentirse reconfortada.

Si vienes, debes saber, que encontrarás a la mujer que goza de su cuerpo. Es aquella que está aprendiendo el mapa de sus gozos y que sabe desvelarse en susurros mientras sus manos juguetean entre los pliegues de su cuerpo. Ella tiene un amante interior que le provoca espasmos y le hace elevarse a los cielos.

Cuando alcances, quiero que sepas, que encontrarás a la mujer vestida de hombre. Salió al mundo así porque pensaba que era la única manera de hacerse respetar. Ella tiene dirección y mando. Ella sabe qué y cómo lo quiere.

Si vienes, quiero desvelarte, que hallarás a una mujer vulnerable y frágil. Lo impregna todo de una inmensa ternura. A ratos, pareciera, que va a quebrarse en mil pedazos.

Es probable, cuando vengas, que encuentres a una mujer suspendida de un árbol. Viste de mil colores y siempre lleva una libreta y un boli en la mano. Es la fabulista soñadora. Le cuesta tocar la tierra y de su corazón y su puño nacen historias y cuentos a raudales. No puede parar de escribir.

Cuando estés llegando, al borde del camino, hallarás a una mujer vieja sentada sobre una piedra mientras sostiene la tierra con su bastón. Su cara está surcada por arrugas y vivencias. Ella sabe y siempre susurra al oído consejos en forma de caricias.

Si llegas, y depende de cómo esté la luna, hallarás a la doncella, a la madre, a la hechicera o a la bruja. Son la misma y son distintas partes de una misma mujer. Cada una atesora fortalezas y virtudes diferentes.

Si llegas, si algún día decides tocar mi corazón, las irás descubriendo a todas ellas y a muchas más, porque contengo multitudes. Cientos de niñas y ancianas, adolescentes y mujeres habitan en mí.

Detrás de la puta estaba la Diosa

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Zorra, puta, ramera, liguera de cascos, fresca, buscona, furcia, golfa, fulana. La lista es larga y me atrevería a decir que toda persona con coño en la entrepierna ha tenido que ‘recibir’ el impacto de estas palabras alguna vez en su vida. O muchas. Sólo por ser mujer y querer explorar su sexualidad. En ocasiones, solo por ser mujer.

Son palabras que han sido vertidas con intención de dañar, de cohibir, de poner límites a un poderoso tesoro que guardamos en nuestro vientre: la increíble energía creativa y femenina que tenemos las mujeres. Un recurso tan poderoso y precioso que a esta sociedad le da miedo. Empezando, en ocasiones, por nosotras mismas.

Así que, ya se ha encargado el Señor Sistema, de habilitar todos los mecanismos necesarios para que la caja no sea abierta y el misterio revelado. Mejor que no se empoderen y se queden chiquitas, agazapadas, con sus úteros y sus vaginas contraídas, muertas de miedo de ser lo que son. Atemorizadas. Mejor.

Hoy me he descubierto franqueando el muro que en mí habían construido todas esas palabras durante mi vida. No era consciente de que estaba, ni de que existía. Sí tenía algún recuerdo, de cuando era joven y empezaban a llegar los primeros ligues, de haber sido diana para el dardo, muchas veces, desgraciadamente, lanzado por otras mujeres.

¿Qué nos estamos haciendo, compañeras?

Y, sin embargo, el mayor problema no ha sido que alguien vociferara cualquiera de esas palabras, no, el mayor problema es que yo quedé impregnada de ellas, las hice mías y contraje mi útero y levante un enorme muro que me impedía acceder a una parte bella y herida de mi misma. Una parte a la que le colgué el cartel de puta y que entrañaba toda la sabiduría de un cuerpo que se expresa como es, de una mujer plena y gozosa. De una Diosa.

He encontrado a mi puta a través de una enorme herida en el alma, creada con todas esas palabras y lo que soportan: el terrible miedo que tenemos a una parte de nosotras mismas; nuestra sexualidad. SEXUALIDAD en mayúsculas (no se vayan a los genitales, que estamos hablando de algo mucho más amplio; hablamos de vida misma).

En una sociedad que se relaciona de manera enfermiza con su sexualidad las mujeres nos hemos comido el sapo terrible de disociarnos de una de las partes más bellas que tenemos. Hemos optado, en muchos casos y de una manera inconsciente, por vivir de espaldas a una de las partes más increíbles de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Y ese miedo que inoculan las palabras, se ha colado como un veneno en las capas más profundas de la piel para que no expandamos nuestro ser.

Hoy he visto a mi puta y la ha abrazado. Y, mientras ella lloraba, le he susurrado al oído que no se lo crea, que no haga caso de los comentarios, ni de las palabras. Le he dicho que no recoja el veneno y, sobre todo, que no se de asco a ella misma por querer investigar las posibilidades que le da su cuerpo y el intenso latido que tiene su útero, repletito de pura creatividad.

Ella se ha desvestido; se ha quitado la falda corta y las medias de rejilla y una vez vestida de hermosa desnudez, de un cuerpo que nos dieron para que nos desarrollásemos en plenitud, se ha puesto una blanca túnica y ha empezado a brillar, como una Diosa. La que cada una y cada uno de nosotros llevamos dentro.

Eso a lo que llamaseis puta y yo me creí, era la llave a una hermosa mujer que conoce el cuerpo que habita. Conoce su casa y su templo. Toda una Diosa.

¡Nos mudamos!

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Ítaca, Kavafis

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Volver a Ítaca, a casa. Volver a un lugar en el que sentirse segura y libre. Un lugar junto al fuego, al hogar. Ese era el destino; el anhelo que me ha acompañado toda la vida. Permanecía en mí la idea de que ‘algo’ iba a ocurrir que me permitiera, por fin, llegar a puerto.

Siempre he convivido con esa sensación de búsqueda que me ha llevado a un viaje que se ha prolongado demasiado en el tiempo y que se ha ido jalonando de contratiempos e islas pérdidas. Una búsqueda fuera, un largo vagabundeo.

Cuando inicié vagabunda del dharma no sabía cuál era el puerto; sí sabía, sin embargo, que estaba en un proceso de búsqueda. El viaje ha sido largo y ha estado lleno de experiencias, pero, por fin hemos llegado a casa. Después de mucho peregrinaje, merodeo y búsqueda.

La exploración, sin embargo, aunque larga, no ha sido en balde. Me he encontrado con los lestrigones y con Poseidón, porque los llevaba dentro del alma. He atravesado miedos y heridas. He aprendido quién no soy, vistiéndome de lo que no era. He surcado muchos mares. Quizá más de los necesarios.

La promesa era la de volver a casa, pero ya estaba en ella. La habito desde que salí en busca de Ítaca.  En cada envestida que me ha dado la vida (que no da puntada sin hilo), volvía a mí. Volvía a lamerme las heridas, volvía a reprogramar el gps. Volvía. Y ha sido en esas vueltas continuas, cuando he empezado a encontrarme. Empecé a conocerme. A conocernos. A todas, a nosotras. Empecé a acallar otras voces que no eran las mías y a confiar más en la vieja sabía que habita en mis entrañas.

Empecé a cuidarme y quererme. A demoler los muros que no permitían acceder a las partes más heridas de mi alma. Empecé a bucearme y a remendarme. A intuir, cada día con más fuerza, qué soy.

La búsqueda continúa. Lo hará mientras siga respirando, y, sin embargo, ya estoy en casa. El cuerpo que habito, la mujer que soy, son mi morada. Mi casa y mi templo. Mi hogar. El lugar en el que reposar. Ese sitio en el que me siento, cada vez más, libre y segura. Reconfortada. Un sitio en el que siempre permanece encendido el fuego del hogar. Por eso, me mudo. Atracada ya en puerto, he decidido habitar cada rincón de mi alma. Con su luz y su oscuridad. Con su fuerza y su parte más vulnerable.

A la vagabunda solo me queda darle las gracias. Su camino me ha traído al lugar que habito ahora. Qué descanses, linda. El camino ha sido largo.

A partir del día 14, día de las enamoradas, nos mudamos. Ya no estaré en www.vagabundadeldharma.com, sino que moraré en www.lamujerquehabito.com.

Se admiten visitas. Eso sí, llamen antes de entrar.

 

Frodo en Benidorm

 

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Y ahí estaba Frodo Bolsón. Tumbado en una hamaca en la playa de Benidorm. Acercándose a ratos a la línea en la que el mar lame la playa, para dejarse acariciar por las olas los dedillos de sus enormes pies. La felicidad tenía un nombre, Benidorm.

Lejos quedaban las minas de Moria, lejos estaban la puerta negra y las Minas de Morgol. Lejos quedaba el Monte del Destino. Lejos estaba la Tierra Media.

Inspiró con fuerza y dejó que el aire fresco, empapado de salitre y algas, le invadiera. Y poco a poco, como si le silbara al viento, dejó que el aire saliera de sus pulmones. Por primera vez en su vida se sentía pleno. Lleno de vida.

Fue aquel momento, antes de llegar a Mordor, cuando decidió rendirse. Más de 2000 kilómetros recorridos. Tantas y tantas veces había visto su vida y la de sus amigos en peligro. Habían sido tantas las aventuras y los miedos atravesados. Pero fue en aquel preciso instante, en ese mismo y precioso momento, en el que se abandonó a la posibilidad de no ser él quien destruyera el anillo. De no ser él quien salvara a la Tierra Media de la amenaza de Sauron.

Se asomó al abismo del fracaso. Lo paladeó y soltó la pesada encomienda. La Tierra Media ya no estaba en sus manos.

Entonces, vio pasar frente a él a todos y cada uno de los seres- que pensó- se sentirían profundamente decepcionados con su abandono de la misión. Vio a Gandalf. Y, sin embargo, y en contra de lo que él había pensado, descubrió ternura en la mirada del mago. Vio a la gente de la Comarca y, en contra de lo que Frodo pensaba, su comunidad le devolvió una enorme sonrisa de gratitud por haberlo intentado. Finalmente, evocó a Sam, su amigo Sam, y en su cara descubrió el reflejo de una complicidad compartida, del camino recorrido juntos. Miró a Sam a los ojos y Sam le devolvió un ‘todo está bien, compañero’.

La decisión ya estaba tomada, pero aquellas miradas, sin juicio, le hicieron llenar su corazón de alegría.

Buscó la cadena que colgaba del cuello. De ella pendía el anillo y destino de la Tierra Media y se la dio a Sam.

.- Abandono- le dijo. Y con las mismas, dio media vuelta y emprendió el camino a casa.

Esta misión te ha sido encomendada- le habían dicho al inicio del viaje-,  si tú no encuentras la salvación, nadie lo hará.

Se equivocaban. Frodo encontró la salvación en aquel gesto: el de rendirse.

Lo encontró en bajar la cabeza y claudicar. Lo encontró en dejar de luchar con todos y con todo (incluido el terrible poder que albergaba el propio anillo). Frodo encontró la salvación al bajar los brazos y reconocer, sencilla y llanamente, que no podía.

El viaje, el anillo…la encomienda, le estaban consumiendo y él no podía más. Nunca lo imaginó al decir en Rivendell: ‘Yo lo llevo’, y dar un paso al frente. Pero así fue. No pudo.

Rendirse, claudicar, darse media vuelta y emprender el camino de vuelta, no sólo le liberó, sino que le dio una infinita paz. Le invadió de golpe, y se extendió por todas las células de su cuerpo, por cada recoveco de su alma. Por fin respiraba a la vida.

A partir de ahí la cosa fue rodada. Habiéndose quitado el yugo de salvar la Tierra Media, le quedó un montón de tiempo libre para hacer lo que más le gustaba: escribir, bailar, tomar cañas con sus amigos y hacer tai chi.

¿Lo de Benidorm? Vino solo. Un día sintió el anhelo de mar y allí se plantó, con su maleta.

Ahora el horizonte le devolvía dos azules contrapuestos que en encontraban en una fina y delgada línea. Ahora, con la brisa marina bailándole los rizos, era feliz.

.- Un daikiri- pidió al camarero del chiringuito.

P.D: Gracias a Jordi Amenós por mostrarme el camino a la rendición y por ayudarme a reescribir mi historia.

 

 

 

Cuarto y mitad de confianza

By Sabine_Bends

 

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¡Ójala fuera tan fácil! Ir al ultramarinos de la esquina (no sé si quedan muchos ya) y pedir confianza en gramos o kilos. Dependiendo de la necesidad de uno, al gusto del consumidor. Sería estupendo llegar a casa y condimentar la comida con un buen puñado de confianza, devorar el plato en cuestión y volver a sentir, al principio en un leve cosquilleo y a raudales después, como la seguridad en la vida va llegando a cada rinconcito del cuerpo y del alma. Sería perfecto inspirar fuerte entonces, abrir la ventana y gritar: ¡qué bello es vivir!

Mira que sería fácil la cosa. Pero, desgraciadamente, la ciencia todavía no ha investigado como capturar, enfrascar y distribuir la confianza. En fin.

Se me ha puesto estrechita la vida últimamente. Aprieta, y es inevitable que una tire del por qué, del cómo, del cuándo…y se devane los sesos intentando buscar respuestas racionales a cuestiones que no lo son tanto. La vida nos sucede. Nos ocurre y vamos transitando lo que nos trae y es duro cuando no nos  gusta.

Lo de devanarse los sesos no es útil. Una termina en divagaciones y listas interminables de pros y contras. Se busca construir un discurso mental sobre lo que ha pasado y lo que no, sobre lo que podía haber sido. Al final es una distracción en la que meterse para dejar de sentir el dolor que ha provocado el revés. Mejor andar entretenida por ahí. El problema es que se corre el riesgo de quedarse pegado en esas divagaciones, como si fueran una tela de araña, y sin saber muy bien qué coño ha pasado.

Hay que meterse en la historia. Y dejar que aparezca todo a lo que tememos: las montañas rusas de emociones, los miedos, las frustraciones. Hay que abrirles la puerta a todos e invitarles a pasar a casa. Aunque no seamos conscientes ya estaban dentro, solo que ahora son más visibles. No vale pasar de puntillas, lo suyo es tirarse (ya sea de cabeza o a poquitos) a la piscina y bucear la historia. Hay que lamerse las heridas y ver para qué ha pasado. No por qué.

Cada cosa que ocurre, aunque nos abra las carnes, trae algo para aprender. Nos desvela una parte de nosotros que quizá no queríamos ver. Nos muestra. Zambullirse cuesta, y lo dicho, no hay que hacerlo de golpe, pero atravesar ese dolor o ese miedo, traerá un regalo. Siempre lo hace.

Yo ando buceándome. Inmersa en mí. Y cada día es una aventura. Es como un camino en el que van apareciendo personajes: un día te cruzas con el señor miedo, al día siguiente coincides con la señora ira. Hoy, por ejemplo, llegó la tristeza. Te cruzas con ellos y, lo suyo, es mirarlos, incluso abrazarlos.

Llegan ellos. Pero también van llegando la información, las piezas del puzle y las certezas.

Cuesta no engancharse en el mecagüenlaleche y en la idea de que somos mercancía defectuosa, que hemos llegado a este mundo con algún tipo de tara. Cuesta. Y hay días que irremediablemente vamos a fustigarnos. El reto es no engancharnos muchos ahí y atravesar la historia recogiendo lo que nos venía a contar.

El revés te deja tocada. Se tambalea la estructura. Cambian las referencias y las reglas del juego. Toca reubicarse y toca confiar en la vida. Y quizá esto sea de lo más difícil en toda la historia. Confiar. Saberse mecida y cuidada. Comprender más allá de nuestro obligo.  Aceptar lo que ha llegado. Volver a salir al mundo con una abierta sonrisa.

Todavía no venden confianza en el ultramarinos de la esquina. Pregunté el otro día y me miraron raro.

Será que anda dentro de mí. En algún cajoncito en el que todavía no he mirado. Pero estoy segura de que si sigo caminando, además del señor miedo o de doña tristeza, un día de estos me voy a cruzar con ella. Seguro que llega.